Ademir Demarchi e Cândido Rolim publicam pela Éblis

Filed Under (Edições, Poesia) by admin on 08-09-2008

Com a publicação de Passeios na floresta, de Ademir Demarchi, e Camisa qual, de Cândido Rolim, a Editora Éblis chega ao quinto título do seu catálogo, confirmando, em pouco mais de um ano de existência, a impertinência do seu projeto editorial: o gesto estético e crítico da publicação de poesia.

Contra o pano de fundo do cenário literário contemporâneo, onde o provincianismo é muito ativo e o cult muito cansativo, os dois novos títulos reafirmam o rigor e a unidade do catálogo da editora: um time de poetas que encaram a criação poética como uma sempre confrontação com a linguagem, como um fazer frente à exaustão da linguagem, envolvendo a experimentação e a negação de clichês retóricos.

 

 

Em Passeios na Floresta, Ademir Demarchi, paranaense radicado em Santos, sem receio do extravio, se embrenha pelas vias imprecisas da floresta da linguagem, usando a metáfora de Paul Valéry capturada à epígrafe do livro. A partir daí, o poeta alcança a sua errância por meio de efeitos de cálculos, mapeando encontros imprevistos, aqui com Mr. Conrad (imensidão de água sob os pés/ dentro do barco bêbado o mar no convés), ali com Nietzsche (pequenas nuvens no pasto ôntico e ótico) e acolá com o Sangue Ruim (caminhamos como sempre para o grande encontro/ com o imenso Espírito-de-Porco). No extravio calculado, Ademir alcança, como Ulisses, a possibilidade de ter o que contar, em articulações inesperadas, a experiência da linguagem: não, não tenha medo não/ pois o homem em guerra morre em vão/ lançando setas sem osso ao caos/ enquanto o sábio poeta deleita-se nos seios das sereias/ e navega o acaso cantando as naus.

 

 

Camisa qual de Cândido Rolim, cearense que viveu alguns anos em Porto Alegre, mas que recentemente voltou para Fortaleza, é um livro grave, onde na superfície árida da palavra o poeta afirma uma paradoxal emoção cética ao se (des)confessar: por dentro repleto/ de outros travos/ deixo que a simples/ distração alcance/ o razoável. Assim que, no poema que dá título ao livro, abre um irritado parêntese à cordeira estridência das patriotadas de domingo: e aquele um equatoriano/ camisa algo que levou/ o drible memorável aquele/ o pano de fundo de/ chão para a ubérrima estridência/ nacional// (…) o quem mesmo? da escalação/ o zagueiro número de cobre às costas sem/ classe = 2 desses não vale 1 nosso/ com quem o craque/ exaltável ao máximo não/ troca a camisa/ nem a pele. É nesse rigor das indagações e no cuidado da forma que o livro de Cândido se faz e nada concede gratuitamente e nem sequer lhe ocorre/ ser bom não livra/ do risco de ser mal/ interpretado.

 

 

Ademir Demarchi nasceu em Maringá (PR) em 1960. Reside em Santos (SP). Doutor em Literatura Brasileira (USP), é editor de BABEL – Revista de Poesia, Tradução e Crítica. É autor de Os mortos na sala de jantar (Realejo Livros, 2007) e organizador de Passagens – Antologia de Poetas Contemporâneos do Paraná (Imprensa Oficial do Paraná, 2002). Tem poemas, ensaios e resenhas publicados em jornais e revistas impressos e na internet. e-mail: revistababel@uol.com.br

 

Cândido Rolim nasceu em Várzea Alegre (Ceará) em 1965. Reside em Fortaleza. É autor de Fragma (Fortaleza: Funcet, 2007), Pedra Habitada (Porto Alegre: AGE, 2002), Exemplos Alados (Fortaleza: Letra e Música, 1998), entre outros livros.

Tem poemas, resenhas e ensaios publicados em jornais e revista do país e na internet. e-mail: candidorolim@hotmail.com

“Distancia” de Virna Teixeira é lançado no México - Victor Sosa comenta!

Filed Under (Edições, Poesia) by admin on 08-09-2008

 

Detalhes da Publicação:

Distancia
Editora Lunarena
Colección Gláphyras
Puebla, Mexico

Tradução: Jair Cortés e Berenice Huerta
Prologo de Mario Bojorquez

 

DISTANCIA, o de la fragilidad de las palabras.

Victor Sosa

 

 Dichten = condensare, dice la sentencia que Pound repite en su ABC de la poesía. Sin duda, poesía es condensación. Condensación del lenguaje cargado de sentido. Palabra en tensión sobre el espacio de la página que sólo es posible aprehender, comprender en su total y múltiple sentido, a partir de una extrema y cómplice atención, a partir de una respiración recíproca, semejante, análoga a esa escritura condensada entre el silencio y la elocuencia, entre el sonido y el sentido, entre el querer decir y el necesario callar de la poesía. Gran paradoja: la poesía parece decir más cuanto más calla, cuanto más oculta sus razones de expresión, cuanto menos discursiva y elocuente se nos presenta. Recordemos a san Juan de la Cruz y ésa, su “música callada”, su “no sé qué que queda balbuciendo”, su “no entender entendiendo, toda ciencia trascendiendo”.

Entre la proliferación barroca y neobarroca que oculta el sentido por exceso y superposición, por desaforada inseminación de formas en perpetua metástasis, por simultaneidad de tiempos y espacios y desfiguraciones estilísticas; entre el barroco gongorino y gorgónico de múltiples cabezas como sierpes, y su contraparte, el sanjuanino y mesurado silencio, el acotamiento y contención del enunciado, la parquedad intensa, la implosión elocutiva, el gesto, el trazo zen, la minimalista pincelada, es evidente que Virna Teixeira se vincula más con esta última tendencia, con la contención de un decir poético que se potencia y se acrisola en la sustracción y diamantización de la palabra. En ese sentido, creo que Virna ha aprendido muy bien la lección de Pound y de los poetas imaginistas, de Creeley, de William Carlos Williams también. Parece estar más cerca de la poesía norteamericana o anglosajona que de las exuberancias poéticas ibéricas de raigambre barroca. Eso se ve y se siente: se ve en la disposición de los versos, en la sintaxis cortada, elíptica, en las omisiones del sujeto, en lo no dicho; se siente en la descripción fría, objetiva, a veces aséptica, que proporciona esa distancia entre lo escrito y lo descrito, entre la palabra y lo que acontece más allá de la mirada del observador. Pongamos un ejemplo:

“MAÑANA// por la ventana/ del tren// el mismo/ paisaje// el inspector pidiendo/ boletos// la voz que/ anuncia/ atraso// un rostro que/ aguarda/ en la estación/ vacía”

Todo acontece en sordina, en voz baja, en un paisaje íntimo que describe, más allá de la escena enunciada, un estado de espíritu, una manera de percibir el mundo: una mirada. La aparente objetividad poética se desmorona ante la irrupción de esa mirada -me atrevería a decir, incluso: de ese clima verbal-, de esa manera de describir el mundo. Distancia, lejanía, separación, incomunicación, nostalgia, ¿qué otro término o palabra para definir esta escena aparentemente desprovista de acción, de desarrollo, de desenlace? No, la poeta no reflexiona: refleja. No nos dice lo que ahí pasa: dice lo que pasa. Pero no nos engañemos: ese decir lo que pasa está, también, cargado de agregados, de emociones, de sobreentendidos, de un -si se me permite el oxímoron-, laconismo elocuente, de una invisible tensión poética. Porque lo que hace a la poesía no es lo descrito sino la mirada sobre lo descrito. No el objeto sino lo dicho sobre el objeto -esa manera, esa inclinación de la palabra. En ese sentido, Virna inclina el lenguaje a su favor, dice más allá de la palabra, nombra un espacio de lo invisible y ahí entramos en la espesura, en la sinuosidad de lo no visto ni percibido por los sentidos (esos cinco ases del simulacro) pero revelado por la intuición poética, por las vibrátiles entrelíneas del lenguaje. O si lo dudan, escuchen esto: “pequeño, el/ frágil/ cuerpo/ solloza// roja/ la flor/ entre los/ dedos” Adalberto Müller, en el prólogo de este libro, se pregunta y nos pregunta: ¿Qué cuerpo? ¿Por qué solloza? No sabríamos decirlo, pero entendemos el sufrimiento y la fragilidad de la que habla el poema”.

Entonces, Distancia, de Virna Teixeira, es un libro íntimo, porque la distancia que aquí se impone -esa distancia medida en la mirada- no es de orden espacial, longitudinal, matemático, sino de orden íntimo, emocional y anímico; es de un orden y de un desorden de profundidad, donde el yo parece diluirse en una cama vacía, en un vaso de tulipanes, en un vestido amarillo iluminado por la luz de la mañana, en un silencio del otro lado de la línea telefónica, en una colección de cartas, sin fecha, e ilegibles. El yo poético se distancia, hace distancia, impone una distancia que -en definitiva- traza un puente entre el lector y la fragilidad, tan vital, de las palabras.